En 1901, un grupo de buceadores de esponjas encontró frente a la isla griega de Anticitera los restos de un naufragio antiguo, cargado de estatuas, ánforas y otros objetos de valor arqueológico. Entre esos restos había un bulto de metal corroído que, en un primer momento, nadie identificó como algo especial: recién en 1902 el arqueólogo griego Valerios Stais lo notó entre el resto de los hallazgos, en un taller del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, y advirtió que dentro de esa masa oxidada había ruedas dentadas de bronce.
El objeto, que terminaría conociéndose como el Mecanismo de Anticitera, fue fabricado entre los años 205 y 60 antes de Cristo, según las distintas dataciones que se manejan. Es decir: un dispositivo de precisión mecánica con más de 2.000 años de antigüedad, compuesto por al menos treinta engranajes de bronce alojados originalmente en una caja de madera de apenas 34 centímetros. Por su función, hoy se lo considera la primera computadora analógica de la historia.
¿Qué hacía exactamente? Según explicó el matemático Tony Freeth, del equipo de investigación de la University College de Londres que avanzó en descifrar su funcionamiento, el mecanismo podía calcular las posiciones del Sol, la Luna y los planetas para cualquier fecha, pasada o futura. También estaba diseñado para predecir eclipses con hasta 19 años de anticipación y para anunciar la fecha exacta de competencias deportivas griegas, entre ellas los Juegos Olímpicos.
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Lo que vuelve al hallazgo tan desconcertante es el nivel de sofisticación técnica que implica. Reconstruir una sola de sus ruedas —de apenas diez centímetros de diámetro, con 127 dientes tallados a mano— exige una precisión que la relojería europea recién lograría igualar unos diez siglos después. Estudios recientes, publicados en 2024, analizaron uno de sus anillos calendáricos y confirmaron que probablemente tenía 354 o 355 orificios distribuidos con una variación de apenas 0,028 milímetros entre cada uno, algo casi imposible de lograr sin herramientas de precisión modernas.
El interrogante que sigue abierto es quién pudo construirlo. Hay quienes lo vinculan con la escuela científica de Rodas y con inventos hoy perdidos de Arquímedes, ya que el propio Cicerón menciona en sus escritos dos máquinas de tipo planetario atribuidas al científico siracusano. Lo cierto es que no se conoce ningún otro objeto de esa época con un nivel de complejidad similar, lo que llevó a muchos investigadores a preguntarse por qué una tecnología tan avanzada aparentemente no tuvo continuidad ni dejó descendientes técnicos conocidos durante los siglos posteriores. Los fragmentos originales del mecanismo se conservan hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, y todavía hay equipos de investigación trabajando para terminar de descifrar sus secretos.