El 20 de julio de 1969, con Neil Armstrong y Buzz Aldrin a bordo del módulo lunar Eagle, faltaban apenas tres minutos para el primer alunizaje de la historia cuando empezaron a sonar alarmas que nadie esperaba. En las pantallas de la nave aparecieron los códigos 1201 y 1202, señales de que la computadora de a bordo se estaba sobrecargando y reiniciando sin que la tripulación ni el Centro de Control en Houston supieran, en el momento, qué estaba pasando.
El problema tenía un origen muy concreto: el radar de aproximación, un sistema que debía quedar en espera durante el descenso por si hacía falta abortar la maniobra, generaba una corriente constante de datos que la computadora no podía procesar a tiempo. El ordenador estaba diseñado para trabajar como máximo al 85% de su capacidad, dejando un margen para emergencias, y ese margen se estaba llenando de información que no correspondía a esa fase del vuelo.
En Houston, la decisión de continuar o abortar el alunizaje quedó en manos de Steve Bales, el controlador de vuelo encargado del sistema de guiado, que entonces tenía apenas 26 años. Durante los entrenamientos previos a la misión, Bales había aprendido que esas alarmas solo representaban un peligro real si se repetían con demasiada frecuencia o si aparecían combinadas con otras fallas. Al comprobar que la computadora seguía funcionando y que los sistemas de navegación del módulo lunar respondían con normalidad, dio la orden de seguir adelante.
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Detrás de esa decisión hubo también un trabajo de programación clave: Margaret Hamilton, responsable del software de la misión, había diseñado un sistema capaz de priorizar automáticamente las funciones imprescindibles para el aterrizaje y descartar las que no lo eran en caso de sobrecarga. Sin ese diseño, la propia Hamilton llegó a afirmar años después que la computadora no habría podido reconocer el error a tiempo y la misión se habría visto obligada a abortar.
Hay, además, un dato que pocos conocen: parte de la tecnología que hizo posible detectar y sobrellevar ese error salió de la cabeza de un argentino. El físico porteño Ramón Alonso, nacido y criado en el barrio de Belgrano, participó en el diseño de la computadora del módulo lunar que emitió las alarmas 1201 y 1202. Décadas más tarde, ya radicado en Boston, recordaría que en esos segundos los latidos del corazón de uno de los astronautas habían pasado de 120 a 150 por minuto, mientras en Houston se definía si la humanidad llegaba a la Luna esa noche o debía dar media vuelta.
Con Armstrong tomando el control manual en los instantes finales para esquivar un cráter y encontrar una zona de aterrizaje segura, el Eagle finalmente tocó la superficie lunar. Lo que estuvo a punto de transformarse en uno de los fracasos más recordados del siglo XX terminó siendo, gracias a un puñado de decisiones tomadas bajo presión extrema, uno de sus mayores triunfos.